Març

 

                             La banalidad del mal

 

Por Catherine L’Ecuyer

En la década de los 60, Hannah Arendt, una filósofa alemana de origen judío, fue contratada por el periódico americano New Yorker para cubrir la noticia del juicio histórico de Eichmann, un funcionario del partido nazi cuya función fue la de planificar y organizar la deportación masiva de judíos a campos de concentración. En 1961, Eichmann fue juzgado y condenado a muerte por haber cometido crímenes contra la humanidad. Al preguntarle si se reconocía culpable, respondió: “No tuve ninguna relación con la matanza de judíos. Jamás di muerte a un judío, ni a persona alguna, judía o no. Jamás he matado a un ser humano. Jamás di órdenes de matar a un judío o a una persona no judía. Lo niego rotundamente.”

Arendt analiza la personalidad de Eichmann como la de un hombre normal y corriente, ni demoníaco, ni monstruoso, y al que seis informes psiquiátricos dieron por “no solo normal, sino ejemplar”. En cuanto al problema de conciencia, Eichmann recordaba perfectamente que habría llevado un peso en ella en el caso de no haber cumplido las órdenes recibidas, las órdenes de enviar a la muerte a millones de hombres, mujeres y niños, con la mayor diligencia y meticulosidad.

La gente, la más peligrosa no es la gente que hace daño aposta –de ellas sospechamos fácilmente-, sino la gente que carece del hábito de pensar y que, alegando “buenas intenciones”, considera prescindible actuar con prudencia”.

Todos los educadores debemos permitir de vez en cuando que se pare el mundo, para crear tiempos y espacios de silencio, de reflexión, de interioridad y de introspección para nuestros hijos y alumnos, ayudarles a entender la diferencia entre discernir y juzgar, a trascender las emociones –que tantas veces engañan- para valorar objetivamente sus actos, a entender las consecuencias de sus acciones, a reflexionar sobre ellas, explicarles la importancia de pensar y ponderar sus decisiones antes de actuar –en el mundo real como en el virtual- y debemos cuidar con esmero su sensibilidad, esa piel fina de la consciencia que permite “sentir-con”, ponerse en el lugar del otro. La solidaridad no es algo que se consigue cogiéndose de la mano cantando, firmando cheques o diseñando presupuestos, es una cualidad que crece cuando una persona tiene la suficiente sensibilidad para poder adelantarse con interés a las consecuencias de sus acciones para los demás.

La insensibilidad casi siempre acaba con la frivolidad, y la frivolidad es otra de las causas de la banalidad del mal, porque es hermana de la inconsciencia.
Como dice el filósofo Íñigo Pírfano, “el problema más grave es que no se es consciente de la gravedad del problema: esta es la esencia de la frivolidad”.
Ciertas injusticias objetivas conllevan consecuencias irreparables en las vidas de las personas, y pensar que aquello se puede borrar tan rápidamente como un Tweet, o simplemente con una palabra de perdón, o un borrón y cuenta nueva, demuestra una frivolidad patológica.
Arendt dice “la triste verdad es que la gran parte del mal se comete por personas que nunca han escogido explícitamente entre el bien y el mal”. La gente la más peligrosa no es la gente que hace daño aposta –de ellas sospechamos fácilmente-, sino la gente que carece del hábito de pensar y que, alegando “buenas intenciones”, considera prescindible actuar con prudencia. Eso no ocurre en personas que han escogido el mal como opción vital, resulta casi imposible imaginar que esas personas existan, sino con las que, por no pensar demasiado, o por actuar por impulso y luego necesitar justificando su impulsividad, acaban banalizándolas. Al mal como al bien. A la mentira como a la verdad. Al feísmo como a la belleza. Porque la falta de sensibilidad arranca la piel fina que permite discernir, calibrar lo oportuno e intuir las incoherencias propias. De lo contrario, nos acostumbraríamos a convivir con la hipocresía.
Por ejemplo, no se suele ver el problema en que un niño de seis años esté navegando solo en Internet o en que unas revistas pornográficas estén a la altura de su vista en el quiosco –parece mentira que esté aún socialmente mal visto denunciarlo-, sin embargo, se obliga a una madre que da el pecho a su bebé en un lugar público a cubrirse. No se banaliza la violencia machista, pero sí el machismo, y se considera histérica y exagerada a la mujer que se queje de un gesto o de un comentario inoportuno. O peor, se la culpabiliza por haber generado esa actitud. No se banaliza el homicidio, pero sí la violencia. No se banaliza la crueldad del acoso escolar, pero sí se banaliza la falta de empatía y de compasión en los patios y la conocida tradición de dar una colleja al compañero de clase que estrena corte de pelo. No se banaliza la difamación cuando existe un veredicto formal, pero se banaliza hasta llegar a normalizarse el insulto ad hominem en las redes o el nutrirse de las noticias morbosas sobre la vida privada de otros. Toleramos y banalizamos todo aquello que no cruza las líneas imaginarias que nos hemos inventado para vivir en un mundo de forma más “cómoda”, sin tener que ajustarnos a la realidad.
Ciertas injusticias objetivas conllevan consecuencias irreparables en las vidas de las personas, y pensar que aquello se puede borrar tan rápidamente como un Twit, o simplemente con una palabra de perdón, o un borrón y cuenta nueva, demuestra una frivolidad patológica.

La banalidad del mal, consecuencia del déficit de pensamiento, no es trivial o anodina. Puede suscitar situaciones monstruosas efectuadas por ciudadanos, adolescentes, padres de familia y empleados aparentemente ejemplares y virtuosos; personas que nunca entenderán, ni después de haber hecho tanto daño, ni después de un veredicto de culpabilidad, lo que hicieron de mal, porque carecen de la capacidad de juzgar y pensar en las consecuencias de sus acciones porque no han dedicado suficiente tiempo a la actividad de discernir y de pensar con profundidad.


 

                                                                                                                            19 de diciembre de 2017.