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POR ÁLEX ROVIRA

PERMISOS FRENTE A PROHIBICIONES”

No hace mucho leí un texto que me impresionó en el que Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke, en el libro titulado “Las etapas críticas de la vida”, recreaban el diario de un niño de dos años:

Jueves, 8:10: He tirado colonia en la alfombra. Huele bien. Mamá enfadada, la colonia está prohibida.
8:45: He tirado el mechero en el café. Me han pegado.
9:00: En la cocina. Me han echado. La cocina está prohibida.
9:15: En el cuarto de trabajo de papá. Me han echado. Cuarto de trabajo también prohibido.
9:30: He quitado la llave del armario. Jugado con ella. Mamá no sabía dónde estaba. Yo tampoco. Mamá me ha gritado.
10:00: He encontrado un lápiz rojo. Pintado en la alfombra. Prohibido.
10:20: He cogido la aguja de hacer punto y la he doblado. He clavado otra en el sofá. Las agujas están prohibidas.
11:00: Tenía que tomar leche. ¡Pero quería agua! Me he puesto a llorar. Me han pegado.
11:30: Roto un cigarrillo. Había tabaco dentro. No sabe bien.
11:45: He seguido a un ciempiés hasta debajo de la valla. He encontrado cochinillas. Interesante, pero prohibido.
12:15: He comido caca. Sabor peculiar, pero prohibido.
12:30: He escupido la ensalada. Incomible. Pero escupir está prohibido.
13:15: La siesta. No he dormido. Me he levantado y me he sentado en la colcha. Helado. Helarse está prohibido.
14:00: He reflexionado. Constato que todo está prohibido ¿Para qué viene uno al mundo?

Según explica el doctor Lair Ribeiro, científicos estadounidenses llevaron a cabo un estudio con una serie de niños para saber qué oían exactamente al cabo de un día. Y descubrieron que un niño, desde que nace hasta los ocho años de edad, oye la palabra no un promedio de 35 veces al día.

Duro, ¿verdad? Probablemente cualquiera de esos niños, por oír continuos no y prohibido, acabaron por decidir que probar, jugar, arriesgarse, ensayar, en definitiva, vivir, estaba prohibido.

No quiero decir que marcar límites a los niños sea algo perverso o malvado. Pero si el no se convierte en un tic, sin tener en cuenta que el niño es una persona que tiene todo el derecho a experimentar con el entorno, se van perdiendo progresivamente la espontaneidad, la capacidad de intimidad, las ganas de escuchar, de compartir, de tomar riesgos, de probar nuevas experiencias.

El veneno está en la dosis: ¿cuántos “¡no!” del pasado siguen pesando y frenando hoy?

Merece la pena revisar si esos “¡no!” fueron útiles en ese momento pero hoy ya no lo son.

Álex Rovira

P.D. El texto de esta entrada pertenece en su mayor parte a “La Brújula Interior”.